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omo toda ama de casa, además
de madre y mujer trabajadora, me tocó salir a hacer compras, ya que mi reserva
de papel higiénico estaba en rojo y la de jabón de baño estaba en cero; además de
que había que surtir alimentos para la muy cercana Semana Santa. Mi Viacrucis comenzó
en un conocido local, cercano al Hospital Central Antonio María Pineda, muy
famoso últimamente por las kilométricas colas que se hacen con la venta de
pañales; y a pesar de no estar vendiendo pañales ese día, la cola era
insufrible; la razón: había una jornada del gobierno (que no supe de que era),
muy cercana y todas las personas que habían trasladado en autobuses hasta el
sitio aprovecharon para hacer sus compras de fin de semana. ¿Cómo lo sé? Estaban
muy bien identificadas con los ojitos en sus franelas rojas. Sin embargo, logre preguntar en la farmacia
por los medicamentos que necesitaba, pero no había.
Con el ceño fruncido y
la manos en la cintura, me dirigí a otro local muy cercano, ¡Oh sorpresa! No había
cola, mala señal para esta época; igualmente entre y pude constatar mis
sospechas, no había nada que me hiciera falta en mi despensa. Salí y
aprovechando la cercanía de otra farmacia, pregunté por las pastillas de la tensión
de mi mamá, tampoco había. Luego de un
largo suspiro, decidí irme a un reconocido centro comercial del este de la
ciudad, donde hay supermercado, farmacia, librería (necesito un libro nuevo), heladería
(me quería dar un gustico), y otras muchas tiendas para distraerme mirando.
Al llegar a la Ciudad
Comercial fue como el perdido en el desierto que llega a un oasis, la locura
total, gente saliendo con bolsas inmensas y al escanearlas logre ver que
llevaban leche, detergente, pasta, arroz, jabón de baño, papel higiénico; la
gloria total pues, caminaba y caminaba y sentí que nunca iba a llegar, pero
llegué; y cual no fue mi sorpresa al leer en un pendón ubicado en la puerta que
por ser sábado solo le tocaba comprar a los terminales de cédula 0, 1, 2, 3, 4.
¡Quería llorar!, pero me arme de valentía y no lo hice, total ya estaba en el
Centro Comercial, algo podría comprar. Entre a la farmacia del supermercado y
pregunte por los medicamentos que necesitaba y la encargada, muy mal encarada
ella, se preocupó por informarme que no había, con un rotundo “NO” a medida que
yo preguntaba por cada uno de ellos. A la pobre le hace falta un cursito de atención
al público, el cual yo doy por cierto.
Ya que estaba en el
Centro Comercial decidí seguir intentando comprar algo; porque plata hay, lo
que no hay es que comprar. Me dirigí entonces a una reconocida cadena de
farmacias ubicada dentro del Centro Comercial, y como ya nada me sorprendía,
pues no lo hizo el hecho de que tampoco había las medicinas buscadas. Agotada sicológicamente
y cansada físicamente, me dirigí a la librería en busca de un buen libro que me
desconectara de esta realidad venezolana, ¿Qué pasó? Los libros que buscaba no
los había, los que llamaron mi atención ya los tengo y los que había no me
enamoraron. ¡Otra búsqueda perdida!.
Tomé otro taxi,
dispuesta a bajarme en cualquier lugar donde hubiese cola; pasamos por un
local, pero la loca era inmensa ya que vendían pañales, continúe mi recorrido y
llegue a un local donde descargaban mercancía, era papel higiénico, bueno parecía
que no me iría con las manos vacías. Muy juiciosa hice mi cola, bajo un sol
inclemente, pero es que a veces hay que hacer sacrificios y llame a mi hijo que
estaba cerca para que comprara también. Cuando iban a repartir los números, una
furibunda masa de “vivos criollos” que se encontraban en la sombrita, evitando
el sol que nos quemaba al resto se acercaron y reclamaron su lugar en la cola.
El resultado: repartieron 60 números los cuales no alcanzaron hasta donde yo
estaba. Sin embargo, aprovechando la farmacia cercana nuevamente pregunte por
los medicamentos y la respuesta fue la misma ¡No hay!.
Afortunadamente y como
caballero de antaño, mi hijo llegó al rescate y me llevo a comer un helado
gigante con tres sabores adicionales que devolvió mi esperanza en la humanidad.
Así pues que luego de salir en horas de la mañana dispuesta a comprar lo que se
me atravesara (medicamentos, alimentos, artículos de limpieza, libros) regresé a
mi casa en horas de la tarde y con las manos vacías, pero con la esperanza y la
fe puesta en que Venezuela volverá a ser el país prospero de hace varios años atrás.