domingo, 29 de marzo de 2015

EL VIACRUCIS DE VIVIR EN VENEZUELA

C

omo toda ama de casa, además de madre y mujer trabajadora, me tocó salir a hacer compras, ya que mi reserva de papel higiénico estaba en rojo y la de jabón de baño estaba en cero; además de que había que surtir alimentos para la muy cercana Semana Santa. Mi Viacrucis comenzó en un conocido local, cercano al Hospital Central Antonio María Pineda, muy famoso últimamente por las kilométricas colas que se hacen con la venta de pañales; y a pesar de no estar vendiendo pañales ese día, la cola era insufrible; la razón: había una jornada del gobierno (que no supe de que era), muy cercana y todas las personas que habían trasladado en autobuses hasta el sitio aprovecharon para hacer sus compras de fin de semana. ¿Cómo lo sé? Estaban muy bien identificadas con los ojitos en sus franelas rojas.  Sin embargo, logre preguntar en la farmacia por los medicamentos que necesitaba, pero no había.
Con el ceño fruncido y la manos en la cintura, me dirigí a otro local muy cercano, ¡Oh sorpresa! No había cola, mala señal para esta época; igualmente entre y pude constatar mis sospechas, no había nada que me hiciera falta en mi despensa. Salí y aprovechando la cercanía de otra farmacia, pregunté por las pastillas de la tensión de mi mamá, tampoco había.  Luego de un largo suspiro, decidí irme a un reconocido centro comercial del este de la ciudad, donde hay supermercado, farmacia, librería (necesito un libro nuevo), heladería (me quería dar un gustico), y otras muchas tiendas para distraerme mirando.
Al llegar a la Ciudad Comercial fue como el perdido en el desierto que llega a un oasis, la locura total, gente saliendo con bolsas inmensas y al escanearlas logre ver que llevaban leche, detergente, pasta, arroz, jabón de baño, papel higiénico; la gloria total pues, caminaba y caminaba y sentí que nunca iba a llegar, pero llegué; y cual no fue mi sorpresa al leer en un pendón ubicado en la puerta que por ser sábado solo le tocaba comprar a los terminales de cédula 0, 1, 2, 3, 4. ¡Quería llorar!, pero me arme de valentía y no lo hice, total ya estaba en el Centro Comercial, algo podría comprar. Entre a la farmacia del supermercado y pregunte por los medicamentos que necesitaba y la encargada, muy mal encarada ella, se preocupó por informarme que no había, con un rotundo “NO” a medida que yo preguntaba por cada uno de ellos. A la pobre le hace falta un cursito de atención al público, el cual yo doy por cierto.
Ya que estaba en el Centro Comercial decidí seguir intentando comprar algo; porque plata hay, lo que no hay es que comprar. Me dirigí entonces a una reconocida cadena de farmacias ubicada dentro del Centro Comercial, y como ya nada me sorprendía, pues no lo hizo el hecho de que tampoco había las medicinas buscadas. Agotada sicológicamente y cansada físicamente, me dirigí a la librería en busca de un buen libro que me desconectara de esta realidad venezolana, ¿Qué pasó? Los libros que buscaba no los había, los que llamaron mi atención ya los tengo y los que había no me enamoraron. ¡Otra búsqueda perdida!.
Tomé otro taxi, dispuesta a bajarme en cualquier lugar donde hubiese cola; pasamos por un local, pero la loca era inmensa ya que vendían pañales, continúe mi recorrido y llegue a un local donde descargaban mercancía, era papel higiénico, bueno parecía que no me iría con las manos vacías. Muy juiciosa hice mi cola, bajo un sol inclemente, pero es que a veces hay que hacer sacrificios y llame a mi hijo que estaba cerca para que comprara también. Cuando iban a repartir los números, una furibunda masa de “vivos criollos” que se encontraban en la sombrita, evitando el sol que nos quemaba al resto se acercaron y reclamaron su lugar en la cola. El resultado: repartieron 60 números los cuales no alcanzaron hasta donde yo estaba. Sin embargo, aprovechando la farmacia cercana nuevamente pregunte por los medicamentos y la respuesta fue la misma ¡No hay!.

Afortunadamente y como caballero de antaño, mi hijo llegó al rescate y me llevo a comer un helado gigante con tres sabores adicionales que devolvió mi esperanza en la humanidad. Así pues que luego de salir en horas de la mañana dispuesta a comprar lo que se me atravesara (medicamentos, alimentos, artículos de limpieza, libros) regresé a mi casa en horas de la tarde y con las manos vacías, pero con la esperanza y la fe puesta en que Venezuela volverá a ser el país prospero de hace varios años atrás. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario